Los días posteriores a despedir a un hijo no tienen reloj.
La noche llega, pero el descanso no. El cuerpo se acuesta, la mente no.
Así estaba yo: inquieto, dando vueltas, con el corazón en modo vigilia.
Me levanté de la cama rumbo al baño. Nada extraordinario… hasta que lo fue todo.
Desde la sala noté una luz tenue. No era fuerte, no era invasiva. Era suave.
Decidí salir. Entonces las vi.
En la entrada de la habitación de Baby José, desde el piso hacia el marco de la puerta, subían luces.
No iguales. No perfectas. Vivas.
Algunas brillaban más.
Otras se movían más rápido.
Unas eran apenas más grandes.
Eran como luciérnagas hechas de calma.
No hablaban.
No hacían ruido.
Pero lo decían todo.
Me quedé ahí, inmóvil, viendo ese espectáculo que no buscaba ser entendido, solo sentido.
Mi corazón entró en una paz que no sabía que existía…
y al mismo tiempo latía más rápido, como si reconociera algo.
En ese momento entendí algo sin palabras:
el amor no se fue, solo cambió de forma.
Esa noche fue solo para mí.
Mi esposa dormía. Y era mejor así. Apenas días antes habíamos despedido a nuestro hijo. Su alma necesitaba descanso, no sobresaltos.
No sentí miedo.
No sentí confusión.
Sentí compañía.
Desde ese instante supe que Baby José no se había ido del todo.
Había cruzado un umbral, sí…
pero seguía encontrando maneras de volver.
Estas luces fueron su primer “aquí estoy”.
Su primer abrazo invisible.
Su forma de decirnos que el cielo también sabe regresar a casa.
Y nosotros aprendimos a mirar distinto.


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