*El duelo es una herida…
pero no cualquier herida.
Es una que no se ve,
pero se siente en cada rincón del alma.
Y aquí va una verdad sin rodeos:
no se sana evitando el dolor… se sana atravesándolo.
Cuando huyes de lo que sientes,
cuando te distraes para no pensar,
es como arrancarte la costra una y otra vez.
El cuerpo intenta cerrar la herida…
pero tú no lo dejas.
Por eso hay duelos que se alargan,
que regresan,
que pesan más con el tiempo.
Ahora, entiende esto —porque aquí cambia todo—:
El duelo tiene etapas.
No para encasillarte…
sino para ayudarte a entenderte.
1. Negación – “Esto no puede estar pasando”
Tu mente te protege. Es un shock emocional.
No es que no entiendas… es que aún no puedes aceptarlo.
2. Rabia – “¿Por qué a mí?”
Te molesta todo. La vida, el mundo, hasta tú mismo.
No eres tú… es el dolor buscando salida.
3. Negociación – “Si hubiera hecho algo distinto…”
Empiezan los “y si…”.
Intentas cambiar el pasado en tu mente, aunque ya pasó.
4. Tristeza profunda – “Nada tiene sentido”
Aquí el dolor se siente completo. Sin filtros.
Es pesado… pero necesario.
5. Aceptación – “Aprendo a vivir con esto”
No significa olvidar.
Significa recordar sin que te destruya.
Y escucha esto con calma:
No vas en orden.
No es lineal.
Puedes avanzar… y volver atrás.
Y está bien.
Sanar duele, sí.
Pero quedarse atrapado en el dolor… duele más.
Así que hoy te lo digo claro, sin adornos:
No le escapes al duelo.
No lo tapes.
No lo postergues.
Atraviésalo. Respira. Permite que haga su trabajo.
Porque cuando el alma deja de resistirse…
empieza, poco a poco, a reconstruirse.
Y un día —sin darte cuenta—
la vida vuelve a brotar desde adentro.


Deja un comentario